jueves, 27 de enero de 2011

Reflexión de un papá de un año


Hace un año, a estas horas (3:30 a.m.), me encontraba preocupado esperando en un cuarto de un hospital la llegada de la que hasta hoy, y desde hace casi 13 años, es mi pareja. Me encontraba preocupado, pero a la vez feliz: había visto cómo había nacido una personita tan diminuta, delicada y dulce, con cara de sapito (esa cara que los bebés tienen al nacer). Había sentido su peso en entre mis brazos, su olor, su llanto que rompía el silencio de mi alma.

Fue una de las cosas más bellas que una persona puede sentir. Saber que algo nace de ti, que algo se desarrolla en un vientre y que es tan tuyo que nada ni nadie se puede comparar. Inclusive, desde meses antes del nacimiento, cuando sientes que reconoce tu voz y se mueve en ese mar de intrigas y de esperanzas que es el vientre de una mujer.

Hasta que lo ves nacer, lo ves moverse, lo ves salir a un mundo que aún te deja dudas, a un lugar hostil que te preocupa día tras día… Pero todo eso se va al carajo. Ya que esa personita ya llegó a tu vida, ya le dio un sentido a un camino (o hace un camino adicional) a lo que eres. Y piensas que no estás preparado para asumir tu rol de padre o madre, y te vienen las dudas si es que lo estás haciendo bien, si es que valdrá la pena gastar tanto esfuerzo en un ser indefenso que aún no se da cuenta de que estás allí… Hasta que una mañana te sonríe antes de ir a trabajar: felicidad total.

Años atrás pensaba que esta etapa en mi vida iba a ser distinta, a otra edad, en otras circunstancias, quizá más preparado. Pero lo bueno de la vida, es que justo te da las cosas en el momento preciso (sean estas desgracias o felicidades), cuando te encuentras preparado para ellas, aunque a veces parezca que no. E indudablemente, las cosas cambian con la llegada de un niño, pero todos los desvelos, las peleas con la pareja, las preocupaciones económicas de que si el sueldo se estira o no, el tener que dejar tus gustos de lado por comprarle algo a ese niño que se divierte con cada mueca extraña que haces, todo eso, sí vale la pena y no lo cambiarías por nada del mundo.

Como empecé este texto, hace un año, a estas horas, me encontraba preocupado, esperando al costado de la cama de un hospital, a la madre de mi primer hijo. Preocupado porque no llegaba de la sala de operaciones, pero muy feliz por mi bebé y muy agradecido con ella, porque me dio la bella oportunidad de ser padre.

Ahora, un año después, los veo a los dos durmiendo plácidamente uno junto al otro en una cama que quizá no la haya comprado yo, con problemas que aún existen, en un mundo que aún es un reto inmenso; pero feliz porque comprendí que el amor que existe en una familia es la unión más fuerte que puede haber.


Read rest of entry