martes, 7 de septiembre de 2010

El diablo danzador


Rodolfo se levantó con la ayuda de Marcos, sus ojos aún estaban desorbitados, temerosos, lloraba, trataba de hablar, pero tartamudeaba. La gente que lo rodeaba comentaba que era imposible, que estaba loco, que quizás había bebido mucho, que de seguro había consumido algún estupefaciente; pero otros confirmaban, en voz baja, lo que había dicho ver antes de perder la conciencia.

Claro, no se puede hablar de estas cosas en estos momentos, justo ahora cuando la lluvia se mostraba mas feroz, haciendo que los trajes de diablos sean más difíciles de sostener, sobre todo por el piso mojado.

-Repite lo que has visto, le interrogó Marcos.
-...
-Rodolfo, repite lo que has visto. !Por favor¡
-Supay, el supay, estaba danzando... a nuestro lado.

Marcos vio nuevamente como el cuerpo de su amigo se desplomaba luego contestarle. Pero era imposible, su lado racional no podía concebir esa idea. Pensó que de seguro su amigo se había confundido con alguno de los cientos de bailarines que esos días tomaban Puno por asalto. Además recordó que Rodolfo había bebido y  que quizás el cansancio le hacía desvariar.

Dejó a su amigo en una de las postas de la ciudad. La función debía de continuar, un danzante en plena Fiesta de la Candelaria debía de bailar así su cuerpo no tuviera fuerzas, pues ese era el deber: dar todo de sí por la Virgen, pues se bailaba no para ganar el concurso de danzas, sino como parte de una extraña pero sacrificada adoración a la Mamacha Candelaria.

Luego de recorrer unas cinco cuadras, llegó el momento de bailar por la avenida principal de Puno, la avenida Lima, en donde debía lucirse frente a los turistas y a las chicas más bonitas de la ciudad. Por ello decidió esforzarse al máximo, cuando creyó que sus ojos le jugaban una mala pasada.

En medio de las máscaras de diablos, junto a las chicas que danzaban vestidas de ángeles con esos vestidos de colores platinados y brillantes, creyó ver algo que no debía estar allí. Un ser con camisa blanca y patas rojas de caballo, danzaba alegremente. No podía distinguir si era un disfraz bien elaborado o una cabeza real con ojos desorbitados y pupilas rojas, con largas pestañas y cuernos inmensos que tenían amarrados en la punta cintas de colores.

Cerró los ojos, eso no podía suceder, no debía de estar allí. Pero recordó las palabras de su abuelo. "A veces el supay, el diablo aparece en plena fiesta pues quiere divertirse como un hombre, mover su cuerpo al ritmo de las orquestas, emborracharse porque sabe que la Virgen no lo mira, porque ella no está presente, porque esos días el diablo tiene licencia para caminar entre los hombre, seducir a las mujeres y vivir como uno de ellos".

Por supuesto que todo eso eran cuentos, leyendas; pero..., ¿si era cierto?, ¿si Rodolfo no mentía? Marcos se dio fuerzas y continuó bailando, hasta que sintió un olor extraño que venía detrás de él. Era azufre, no quiso mirar hacía atrás. Bailó con más ahínco y comenzó a rezar, pero el olor no se alejaba, sino se acercaba, como si estuviera a su costado.

No pudo más, algo le impulsaba a voltear y lo vio. Era un ser alto como de dos metros, que bailaba con alegría y que dejaba un rastro de fuego luego de cada movimiento, poseía una cola como la de un puma, con unos cuernos grandes que no tenían en las puntas cintas de colores sino especies de nervios o venas de humanos, con una pelaje de animal que era cubierto por una especie de disfraz hecho por pieles de personas. Y esos ojos que no tenían profundidad, que lucían vacíos y que eran como el abismo para las almas perdidas. Pero al diablo, por más amenazante que parecía, se mostraba alegre, danzando mejor que nadie, mostrando toda su gala y soberbia.

Marcos no lo podía creer, se mantenía en pie de forma mecánica, viendo como aquel ser inimaginable bailaba al ritmo de la diablada. Sin embargo, cuando el diablo se le acercó para entregarle una cerveza, como siempre se suele hacer en estos pasacalles, se desplomó y empezó a botar espuma por a boca, tal como le había sucedido a Rodolfo.

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