miércoles, 26 de mayo de 2010

Encuentro - Primera Parte


Cuando la conocí, hace más de once años, nunca imaginé que aquella mirada que vi por primera vez en una biblioteca de una academia preuniversitaria me marcaría toda la vida.
Claro, yo era el típico nerd que pasaba más de tres horas al día en una biblioteca entretenido leyendo libros y tratando de ser alguno de esos tipos que ingresa a una universidad pública por medio de un examen de admisión. Ella, la clásica niña popular de su salón (incluido el de la academia, por supuesto) que iba a la biblioteca tratando de aprender algo y hacer hora.
Pero seamos francos, ese encuentro ni esa mirada no se hubieran dado si es que en medio de nosotros dos no hubiera existido ese vínculo que se llama amistad. No la nuestra, sino el hecho de tener amigos en común (olvidaba un dato, ella estaba en el aula A-36; yo, en el A-63, ¿casualidad?).
Sentado en una banca en donde no sé sabía cómo entraban seis personas, al lado izquierdo de la biblioteca, y ella al extremo derecho en una mesa mirando a la puerta de la biblioteca. Sentado yo al lado de un gran amigo, algo "player" y de mucho verbo florido para las chicas; y ella, sentada al lado de una buena amiga leyendo sobre la Guerra con Chile (lo recuerdo muy bien).
¿Qué cómo me acerqué a ella? No fui yo. Mi timidez, esa maldición-bendición que me acompaña hasta estos días, hizo que solo intercambie miradas con ella, con esos ojos pardos claros. El resto lo hizo mi amigo, ahora doctor, que me llevó mismo Celestino al lugar en donde ellas estaban. Cabe precisar que no estaba solo con mi amigo, sino que éramos un grupo de 4 ó 5 chiquillos de 17 ó 18 años.
-Hola, ¿qué lees? Le dije mientras veía un mapa del Perú de finales del siglo XIX en donde aún se apreciaba que Tarapaca y Arica eran nuestras.
-La Guerra con Chile.
Y mostrando poca timidez como nunca me ha sucedido en la vida, me senté a su lado, tratando de resolver no se que problema de matemática. Me senté a su lado y pude ver esa cara de niña buena que tanto me gusta, vestida con una chompa y un pantalón de corduroy medio gris, si la memoria no me falla, y usando unas gafas que le daban un toque más de chiquilla tranquila.
No recuerdo bien la hora, iban a ser las siete o las ocho, pero ella tenía que partir. Sí, se iba y me dejaba con las ganas de saber más de ella, de saber qué color era el que le gustaba, de saber por qué se pintaba con un lápiz labial marrón y demás cosas que en los próximos días averigué.
Read rest of entry

lunes, 24 de mayo de 2010

Reflexiones con hígado


No me considero intolerante, pero a veces me sacan de quicio algunas cosas o quizá se deba a que reviven aquellos demonios internos que nunca dejarán de azotarnos la cabeza a menos que acudamos a una terapia de 5 ó 6 años con un psicoanalista o, en el mejor de los casos, nos casemos con uno de ellos.

Lo cierto es que como en ese día del concierto de A, cuando le dije a S. "La próxima vez que escuche un 'o sea', 'manyas', 'alucina', 'puta' y otros pseudovocablos que constantemente compañeros y no compañeros del lugar donde estudio, el instituto T, dicen como si fuera una variable obligada lingüística de un determinado grupo. Aquello, quizá, me hubiera llegado un par de años atrás; pero no sé por qué no ocurre lo mismo ahora.

Quizá porque en este constante mundo de snobismo o 'posería', resulya "cool" hablar como si uno tuviera una papa rellena en la boca o como si tuviera un pseudo dejo español. Cosas que quizá nunca llegue a entender, pero qué pobre nivel de lenguaje tenemos, tan limitado y que enorgullece a muchos chicos de estos días.

Tal como pasó en una "clase de cine", cuando una de las chicas que hay en mi salón osó decirle al profe que por qué no ponía películas modernas para sus ejemplos de clase, desechando a la basura toda la técnica y modernidad de grandes realizadores como Orson Wells, Hitckock o Akira Kurosawa.

Otra de mis ideas fue corroborada por un profesor de "Creatividad" cuando aclaró que muchos de los chicos de estos días salen de las aulas sin saber escribir de manera correcta ni su nombres (rocio=Rocío, andres=Andrés, angel=Ángel, etc.).

Cosas que me dejan pensando, me estresan y me dejan con la duda si es que las generaciones siguientes tendrán menos neuronas y que por qué tan solo 5 u 8 años son suficiente para que el mundo deje de pensar.
Read rest of entry

martes, 18 de mayo de 2010

Reflexiones cuasihistóricas de Túpac Yupanqui


Cuesta mucho revelar un secreto sobre todo a alguien que no conoces o a un grupo de personas a los que llamas con cierta desconfianza “compañeros”, más aún si es un defecto que debes (sé sabe que todo el mundo se da cuenta de tus defectos menos tú).

Viendo en el baúl de mis defectos y de mis constantes equivocaciones en la vida, me quedo con dos: mi constante nerviosismo y una cierta intolerancia que trato de solapar.

De lo primero se sabe mucho, se huele también. Mi modo de hablar de manera apresurada, atropellada, es uno de los defectos que siempre me ha caracterizado, aunque he tratado de disimularlo haciéndome el intelectual o el popular “chancón”. Una anécdota que recuerdo con humor me sucedió de niño, creo que entre los 10 ó 12 años.

Cursaba la primaria, creo; pero lo que sí tengo seguro es que fue en una clase de educación física. Sí, todos en shorcito, el polito de ganso con mangas de inicios de los noventa. Recuerdo que el profesor de ese curso se puso a hablarnos de los orígenes del fútbol (fue la única clase que ese profesor nos dio, el resto era hacer extravagantes piruetas y jugar fulbito) y que decía que los incas practicaban un deporte muy similar al balón pie, pero que lo hacían empleando un especie de pelota elaborada por la vejiga inflada de un animal, el profesor dijo de chancho, pero sabemos que en el tiempo de los incas no había ese tipo de animales; por lo que diremos, para quedar bien con mi profe, que era un carnero creo.

El hecho fue que yo ya había escuchado, no recuerdo de dónde, que el inca Túpac Yupanqui fue el que había practicado este protofútbol; un dato que me falló en el momento preciso que el profesor preguntó si es que alguien sabía quién había practicado fútbol en el tiempo de los incas.

Yo, cancherazo y con una cierta presunción, levanté mi mano como nunca y respondí “Pachapachapachapachapachapachapachapachapacha… cuted”, claro, tartamudeando más de los costumbre por hablar frente a mis compañeros. ¡Rochesazo! Aparte de mi mal forma de hablar, mi respuesta era incorrecta. El profe, viéndome con cara de quien mira a un extraterrestre con retardo mental (mirada que ya conozco de sobra), me dijo en tono paterno que mi respuesta era errada, que el que había “jugado fútbol” en la época incaica era el inca Túpac Yupanqui.
…………………………………

Otra de mis defectos es que, a pesar de saber que una persona se comporta como se comporta por algunas lecturas de psicoanálisis, no logró entenderlas muy bien; es decir, entiendo por qué las personas se comportan de ese modo, mas no lo entiendo o, como diría un profe de antaño de la universidad, “no lo asimilo”.

Es que cuesta saber que a pesar de que sabes el origen o los traumas de unas personas, te muestras siempre algo intolerante, sobre todo al ver que dichas personas se comporten como simios sueltos en la ciudad.

En fin, creo que debería de aprender que el antídoto de la intolerancia es la comunicación, pues conversando se llega a entender a las personas; pero es algo que cuesta si es que los códigos de comunicación entre estas personas y uno son tan disímiles como las edades.
Read rest of entry