lunes, 9 de noviembre de 2009

Veinte años de algo, veinte años de nada



Recuerdo que una mañana mi tío prendió la televisión de forma apresurada. Yo, que jugaba con unos muñecos de plástico que mis padres me habían comprado, lo miré extrañado y me dijo: "Ha caído el muro". No entendí ni un ápice, solo recuerdo aquellas imágenes de personas abrazadas, y llorando encima de una construcción y, si no recuerdo mal, a soldados mirando absortos a aquellas personas: era la caída del muro de Berlín, el fin de la desunión de varios pueblos.
Veinte años después, a mis 28 años, el mundo se nos muestra de una forma nueva. Se acabó la Guerra Fría, cayó el comunismo y con el supuestamente toda forma de polarización y división; pero vino la unilateralidad, el dominio de la potencia que sobrevivió aquella guerra y de los que están de su parte y tienen carta blanca para hacer lo que quieran.
Cayó el muro, pero se formaron otros muros, no solo los físicos, sino también los ideológicos y raciales. En el plano material podemos ver dos ejemplos claros: el muro de división entre Israel y Palestina, que supuestamente protege a los israelitas de los ataques terroristas árabes, pero que a la vez genera hambre y muerte para aquellos; y el muro que se viene construyendo y que divide EE. UU. y México, un muro que dice "no entres si no eres igual a mí".
Encontramos también los muros ideológicos, aquellos que no dejan entrar al "mundo oficial" porque no se comparte la misma ideología, los mismos gustos, los mismos modos de actuar; o por el simple hecho de no tener el mismo color de piel. Ver y pensar distinto es sinónimo de exclusión y de repulsión, de exclamar que uno no es bienvenido. Y este muro crece cada día a pesar de que se diga lo contrario.
Es cierto, han pasado veinte años, pero urge la necesidad de romper varios muros para que seamos una verdadera sociedad, para que seamos algo que necesitamos ser de modo urgente: verdaderos humanos.
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