lunes, 7 de septiembre de 2009

Pequeña reflexión sobre un 6 de septiembre

No soy muy fanático de celebrar mis cumpleaños; la verdad, no me gusta celebrar mis cumpleaños. Desconozco las causas de esa repulsión, quizá algún día un psicoanalista me podría ayudar a descubrir el porqué de ese síntoma y pueda reconcialiarme con mi yo interno.

Claro que he ensayado algunas teorías respeto a eso. Una de ellas es mi sentido tanático, aquella pulsión que nos impulsa a no ser; desarrollada quizá en una etapa suicida de mi vida (sí, señores, alguna vez traté de hacer eso) debido a mi infancia precaria de calidez, etc., etc. O quizá tenga que ver con que, en un cumpleaños mío, descubrí que los payasos eran personas tan normales que podían herir a los niños con una mirada de desprecio, algo así como "mocoso, me estás arruinando el trabajo".

Sea lo que sea, hablando con C, me di cuenta de que aquella cosmovisión personal, tiene que tener un fin. La causa: mi futuro hijo. Tuvo razón C en aquella discusión preonomástica, el hecho de ser padre significa dejar de lado la visión tanática del mundo, dejar de lado la desazón y ser, algo que admito y me cuesta mucho, positivo.

No es que el positivismo sea algo malo, pero muchos de nosotros nos sentimos mejor sin esperar nada de la vida, tan solo una patada en las cuatro letras o entre las piernas; sentimos asco de una sociedad que es tan materialista y superficial que no permite desarrollar a un ser humano, que nos frustra y nos dice que nunca vamos a ser felices si no seguimos los mismos patrones de idiotez que mucho de sus componentes siguen.

Pero en la tarea, oficio o vocación de ser padre uno tiene que cambiar, tiene que aprender a buscarle el aspecto positivo de las cosas y educar al nuevo ser que lleva tu sangre; educarlo en valores y justicia e inculcarle la utopía que alguna vez uno perdió. Quizá en esta etapa uno tenga que desenterrarla y reanimarla, llevarla al carpintero o al pintor y colgarla nuevamente en la repisa de los sueños.

Es difícil lo que digo, pero cierto, muy cierto, por eso agradezco a C. Sin ese consejo hubiera pasado de otra manera mi cumpleaños. Y aún no sé si sea capaz de pintarme o cortarme con un cuchillo de cocina una sonrisa (mismo Guasón, je, je, je); pero soy conciente de que tengo que cambiar, o al menos aprender de mis errores, tal como dijo un amigo taxista: "Los hombres no cambian, pero aprenden de sus errores".

Volviendo al tema de mi cumpleaños, si quizá no me gusta celebrarlo, sí me gustan las reuniones. Estar con la gente que conozco y que quiero es algo que no tiene precio (cherry a esa tarjeta de crédito que se usa para juntar el polvito blanco en las discotecas de plata). Y creo que voy a tomar esa idea, estar con la gente que quiero, con los patas, los hermanos, los camaradas y pasarla bien, chupar un vino o un pisco, hacer chistología y tratar de creer nuevamente en el mundo, algo jodido, por supuesto, pero, creo yo, no imposible.

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