jueves, 15 de octubre de 2009

Generaciones diferentes


Ahora que voy a ser padre me preguntó sobre cómo criar a mi hijo, lo que me llevó a pensar en la forma en que me criaron y cómo fueron criados la gente que conozco. No sé si lo que a continuación escriba suene a medio nazi, pero creo que tiene mucho de cierto.
Pertenezco a la generación ochentera, aquella que fue criada bajo el gobierno del padrasto Alán Damián Pérez, viendo los goles de Argentina en el mundial de México 86, soy de aquellos que hicimos cola para comprar pan en las mañanas, que alguna vez comimos en comedor popular, que escuchamos como detonaban bombas por los alrededores de nuestras casas, que veíamos luces por los cerros cuando los de Sendero se tumbaban torres de alta tensión, lo que nos mandaba derechito a nuestras casas por la falta de energía eléctrica o lo que propiciaba que jugáramos unas buenas escondidas. Soy de aquellos de los que aún gozamos con la última Yola Polastri en América Televisión y de los que nos deslumbramos con las yucas de las dalinas en Panamericana, soy de aquellos que alguna vez vio al loro Lorenzo con Mirtha Patiño en el canal de estado, los que vimos los últimos años de Ferrando y de Risas y Salsas. Pertenezco a esa última generación que sintió los golpes o peñizcones aún permitidos de los profesores, de los que viaja en microbús mismo sardina, de los que jugó con los billetes que valían millones de Intis (sí, ese con el rostro de Vallejo y que valía diez mil). Soy de aquellos que aún íbamos a la biblioteca a sacar información para hacer nuestras tareas, etcétera.
Siendo de aquella generación me puse a compararla con la que siguió: la generación del noventa. La era Fujimori, la corrupción generalizada, el laurabozismo de la televisión, el acto de lamer axilas, los carritos sangucheros, los cómicos ambulantes, las combis, los cobradores subempleados, el nacimiento del furbó como deporte nacional emblemático, las barras bravas, tener a Waldir como ídolo juvenil, las vedettes como contraportada de los diarios de cincuenta céntimos, los mismos diarios de cincuenta céntimos, la hiperamarillización de los medios de comunicación, los psicosociales, las vírgenes que lloran, la caída del comunismo, la llegada del consumismo, el Internet, la globalización, el cable, los celulares, la tecnocumbia, la coima se institucionaliza como deporte nacional, la pendejirización in extremis, etcétera.

No sé cómo pasó pero pasó, los que nacimos en la década de los ochenta crecimos en un contexto que nos exigía, que nos hacía pensar, imaginar (¿quién en un apagón no ha escuchado una historia de un familiar?) y, a veces, hasta tener miedo. En cambio, en los noventa, no hubo presión del contexto, hubo mas bien embrutecimiento por parte de los medios de comunicación, hubo corrupción (que hasta ahora perdura), hubo una cultura de falta de valores, de pisar o ser pisado.
Generaciones que se quedaron marcadas en la psique de los que fuimos criados en los ochenta y de los que fueron formados en los noventa. Generaciones diferentes, quizás, nosotros, los de los ochenta seamos por eso un poco más pensantes, quizás...

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