miércoles, 31 de diciembre de 2008

Confesión III

No cabe duda que las fantasías, el imago se estrella con la realidad si es que nos ponemos a analizarla. Claro, la fantasía cumple su papel: el de hacernos más placentera la vida; pero a veces, cuando la queremos alcanzar, la desazón del análisis nos hace morder el polvo de la acera, nos perfora el hueso del pie y nos forma un nudo en la garganta que es difícil de desanudar.

Es difícil saber que lo irreal puede ser real, que una mano que no se mueve puede mover un lapicero, que una boca que no ama pueda decir te amo; y todo queda allí..., las ganas de morir en do mayor, los ecos que no se abren en las orejas, las piernas que se cansan de dar más pasos.

Yo no sé que gane escribiendo estas lineas, solo sé que un sueño se hace totalmente irreal, que una piedra rompe el límite de una esperanza y que la realidad me da la mano fuerte y me sonríe buscando una respuesta.

Pero... qué queda, llorar por el pan quemado, morder una cebolla con los ojos abiertos, sembrar piedras y ceniza esperando que algún día venga un dios y nos dé un poco de maná. No, el hombre, lo dijo Camus, es un ser rebelde que busca una luz, a pesar de que esta no exista. Una fantasía hecha polvo crea se trasmuta, se convierte en viento, en vientre y crea otra.

Y el ciclo volverá a repetirse porque el imago ayuda a vivir, a sobrevivir y todo al costo de un par de lágrimas que hagan de nuevo un barro con el cual formar otra esperanza-

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